FESTIVAL DE NAVIDAD

FESTIVAL DE NAVIDAD

Alumnas y alumnos del Instituto Curie, bienvenidas y bienvenidos un año más al festival de Navidad. Este año es un orgullo para mí presentaros a Doña Valeo Solis Terra. Alumna de nuestro instituto, eminente científica, escritora y actualmente, como ella me ha pedido que la presente, abuela a tiempo completo de tres maravillosas criaturas.

Un aplauso ahogó las palabras de la directora Marie mientras que Valeo subía a aquella gastada tarima. No muy alta, no muy corpulenta, no muy rubia ni morena y con alguna cana se dirigió con unos pasos saltarines hasta el atril. Habían pasado 52 años desde que se graduó en bachillerato y leyó el discurso de final de curso en aquel mismo atril.

Observó las caras de aquellas chicas y chicos que la observaban sin mucho interés, más pendientes del reloj trasero que les marcaba cuantos minutos quedaban hasta coger sus ansiados smartphone. Intuía a la perfección como la gran mayoría se preguntaba que tendría que contar aquella vieja.

Aunque ella no se veía vieja. Los vaqueros le sentaban estupendamente y le encantaba la moda de las sneakers que combinaba con todo su armario. 70 años recién cumplidos en plena forma. Sin ir más lejos el fin de semana pasado había subido al Pico San Millán y ni una agujeta, bueno, una ligera molestia en esa rodilla que de vez en cuando le daba guerra.

Abrió la mochila que llevaba, conectó el ordenador, comprobó que la presentación se proyectaba correctamente. Estaba más que acostumbrada a los escenarios, las presentaciones, los webinars online, y siempre se dedicaba un tiempo pausado a montarlo todo. Además, eso le permitía crear un clima de nerviosismo que la divertía enormemente.

Se colocó las gafas y sacó un objeto que colocó encima del atril y al que dedicó unos segundos hasta que supo que toda la sala estaba pendiente de aquello. Las esperadas risitas no tardaron en llegar, una vieja, y además loca, encima de un escenario.

– Es perfecto – pensó Valeo. Y es que para Valeo, cada puesta en escena suponía la oportunidad de poder conectar con el público. Firme convencida que sin ciencia no hay futuro, y que el futuro eran esas chicas y chicos allí sentados, confiaba en que al menos una sola persona de la sala tuviera una neurona en la sinapsis correcta en el segundo apropiado para convertirse en la persona que subiera a ese atril dentro de unos 50 años.

Valeo comenzó su presentación. Habló de sus inicios en la ciencia, su estancia en el CERN en Suiza investigando sobre micro-partículas y su papel en la medicina, su posterior trabajo como escritora y redactora de divulgación científica, sus diferentes cargos de asesoramiento a diversas instituciones científicas y su último libro titulado “La curiosidad, quizá, habría matado al Gato de Schrodinger”. Porque, como ella siempre decía al final de cada presentación “sin curiosidad no hay evolución”, y apostillaba con una carcajada, “aunque en el caso del gato pueda evolucionar a gato muerto”. Pero mejor saberlo, ¿no creen ustedes?

Un aplauso llenó la sala. Observó los diferentes tipos de aplausos. Los enardecidos que habían conectado con algo que había dicho. Los de compromiso porque había terminado. Los frustrados, nunca llegaré a eso. Los ilusionados, yo puedo. Los emocionados, aquella fue mi alumna. Tantos tipos de aplausos como personas en la sala.

Marie, la directora, tomó la palabra y agradeció a Valeo su presentación y abrió la ronda de preguntas. Valeo sonrió, esperaba “la pregunta”. Mientras respondía las preguntas pactadas de antemano a las y los estudiantes pasaba los dedos por el objeto situado en el atril. Notaba las miradas sobre él y alguna risa compartida que rozaba lo irrespetuoso.

– ¿Alguna pregunta más? – dijo Marie.

Algunas manos se levantaron. Una docente, un padre, la abuela del fondo a la izquierda… y al fin, ella, esa mano dudosa. La vio titubear. Una voz un poco quebrada.

– Yo quiero saber porque ha puesto esa caja de caldo en el atril – Y se sentó rápido, con la cabeza agachada pero las orejas muy abiertas.

Las carcajadas no tardaron en llegar, silbidos, golpes. En definitiva ruido, mucho ruido. La directora Marie tardó varios minutos hasta devolver el silencio a la sala. Valeo sonreía mucho, y no tenía prisa. Esperó.

– Gracias por tu curiosidad. ¿Tu nombre? –

– Me llamo Cronos – silabeó la voz titubeante.

– Cronos, gracias de nuevo por tu pregunta y tu curiosidad. Puedes estar tranquila. La gran parte de la sala se pregunta lo mismo que tú. La diferencia es que tú has decidido satisfacer tu curiosidad.

Valeo hizo una pausa garantizando que toda la sala, ahora sí, escuchaba. 

– Esta caja de caldo es protagonista de mi vida. Os conté cómo decidí que quería estudiar, dónde trabajé y cómo he llegado hasta aquí. Pues bien, en casa mi abuela hacía caldo mientras yo aprendía a sumar, mi madre me llevaba caldo por la noche cuando me quedaba estudiando, mi padre hacía caldo y me llevaba un táper al laboratorio cuando tenía que trabajar hasta tarde, mi marido aprendió a hacer caldo cuando nacieron las niñas, yo compraba caldo en el súper para tener la cena hecha cuando las niñas llegaran de patinaje y fútbol y poder cenar juntos, mi suegra nos enviaba caldo a Suiza porque “vete tú a saber que se come allí”, mis amigas en la universidad me hicieron caldo cuando estuve tres semanas sin poder hablar con anginas, mis hijas jugaban a cocinar caldo de barro mientras yo corregía mi tesis y hoy al venir hacia aquí mis nietas y mi nieto me han dicho que si al volver podían venir a cenar a casa, y les he dicho lo de siempre, claro, en esta casa siempre hay para un plato de caldo.

La sala se quedó un tanto enmudecida. Valeo suplicó internamente por la siguiente pregunta, la probabilidad no fallaba. ¿O sí?

– Entonces, ¡señora! – gritó alguien al fondo – ¿Quiere decir que hay que comprarse un caldo y listo? ¡Rico, rico! – teatralizó irónicamente aquella persona.

Valeo sonrió, misión cumplida.

– No, pero gracias por tu pregunta. Lo que espero que entendáis es que para llegar lejos hay que hacer de la vida un buen caldo, buenos ingredientes, cocción lenta, aprender del error cuando se quema, compartirlo con las personas que suman, disfrutar de ese tiempo y valorar cada sabor, olor y momento

Entonces sí, entonces la sala atronó en aplausos.

Valeo se bajó del atril y se acercó a Cronos, le dió el brick de caldo

– FELIZ NAVIDAD, PEQUEÑA- le susurró mientras la abrazaba.

 

"Os deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo, un año durante el cual tengáis cada día el gusto de vivir, sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar su satisfacción y sin tener la necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir. Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia."
3conlasmaletasacuestas-CURIE
Marie Curie
Carta a su hija en Navidad.