MARRUECOS: 330 METROS DE ARENA

MARRUECOS: 330 METROS DE ARENA

Siempre que escribo siento que se queda un poquito de mí en cada palabra. Pero hay textos que sé especialmente que me roban un poco más. Marruecos fue uno de esos viajes que sabes que te van a marcar. De esos que aunque trates de repetir no van a ser iguales. Y de esos que saldrá una entrada en el blog que nunca me parecerá lo suficientemente buena porque de tanto querer escribirla se me escapa entre los dedos.

Nuestra aventura en Marruecos empezó como ya es habitual con un deseo del pirata:
– Quiero ir al desierto.
Y no es que todos sus deseos se hagan realidad pero si se trata de viajes… no nos engañemos es la excusa perfecta para que lo intentemos.

Y en ese momento empieza a funcionar nuestra máquina de pensar. ¿Dónde vamos? ¿Cuántos días? ¿Qué presupuesto manejamos? ¿Cómo lo estiramos? ¿Cómo queremos que sea el viaje? No os voy a mentir. Somos muy exigentes en lo que le pedimos a cada viaje. Tiene que ser para los tres. Entendemos la relación horizontal como un principio básico de nuestra familia. En ese momento empiezan los descartes. No vale con “poder estar” hay que “poder vivirlo”.

¿Namibia? Demasiado lejos ¿Almería? Demasiado cerca.

¿Sahara? ¿Marruecos? ¿Primera vez en África? Muchas preguntas hirviendo y en todas la respuesta es SI.

Muchas preguntas que se zanjaron con una respuesta: Sahara Salvaje.

Diseñamos un viaje de 10 días. Decidimos que no queríamos conducir y que queríamos, en la medida de lo posible, salir de los circuitos más tradicionales. Buscábamos pasar tiempo con la gente local y ¿por qué no decirlo? borrar plantillas culturales y acariciar con las puntas de los dedos la cultura marroquí.

Lo que nos encontramos fue un viaje de 10 días que recordaremos 100 años. Nunca imaginamos que Sahara Salvaje sería nuestro pasaporte a un viaje único.

Fuimos copilotos, compartimos comidas, cenas, juegos y paseos con los que se convirtieron en amigos.

Paseamos por la Plaza Yamaa el Fna de Marrakech antes y después de nuestro camino al desierto y la vimos diferente. Al principio nos encantó al volver nos llamó la atención.

Nos perdimos en la Medina y nos dejamos guiar por quienes no querían monedas si no solo gratitud y nos sentimos atrapados en miedos infundados.

Comimos comida marroquí echa por las familias que nos acompañaron en nuestro viaje y también comimos en un KFC en una esquina frente a la Mezquita Kutubía.

Escuchamos la llamada al rezo de esta mezquita pero sobre todo de las mezquitas perdidas en los pueblos que cruzamos.

Dormimos en un riad escondido, en un hotel al estilo europeo, en una haima en el desierto y en una casa típica de adobe.

Tomamos una y mil veces. En cafés de artistas marroquíes y en mitad del desierto rodeados de dromedarios. En casas llenas de niñas y niños que nos miraban y en terrazas de bares llenas de extranjeros como nosotros. Tuvimos que improvisar una cena de galletas de chocolate y vasos de leche. Probamos el cuscús y nos enseñaron a comerlo con la mano derecha.

Regalamos nuestro ibuprofeno y nos regalaron encoger nuestro alma.

Visitamos el Palacio de la Bahía y entendimos porque la Alhambra de Granada guarda tanta magia.

Cruzamos el Atlas por el puerto de Tizi-N-Tichka que con sus 2260 metros es el paso de carretera más alto del continente africano y nos quedamos sin pestañear cientos de kilómetros viendo la vida de las gentes que pasaba frente a nosotros como un tren que cruza estaciones sin detenerse.

Nos perdimos por los pasillos de la Kasbah de Talouat en mitad de la antigua ruta de las caravanas que cruzaban desde el Sahara hasta Marrakech .

Pensamos que Rusell Crowe nos saldría a saludar mientras dudábamos si la Kasbah de Ait Ben Haddou era un decorado o si iba a desaparecer al abrir los ojos. Paseamos por esta fortaleza y por la de Tamnougalt e imaginamos la vida de los grandes pueblos bereberes que habitaban en ellas.

Compramos fruta en los mercados y el pequeño pirata se convirtió en “pequeño bereber” sacando sonrisas de quienes regateaban con él. Compramos minerales y pulseras. Y el pirata aprendió a regalar y me compró un libro en un mercado.

Nos agotamos de contar palmeras en el Valle del río Draa que nos acompañó hasta las puertas del desierto durante los más de 100 kilómetros por los que discurre.

Descubrimos un tesoro antes de llegar al desierto, Tagounite. Un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido. Un pueblo que nos acogió y nos presentó a la mayoría de amigos que conocimos.

Aprendimos a ponernos los turbantes y nos sentimos nómadas de un mundo que nos lleva demasiado deprisa.

Acostamos y despertamos al sol en el desierto dos días.

Cruzamos la hamada del desierto y volamos (literalmente) en cada salto del 4×4 mientras avanzaba hacia las grandes dunas de Erg Chegaga.

Compartimos con los pastores de dromedarios una comida y descubrimos en este animal un medio de vida. Cantamos y reímos y formamos parte del teatro de la noche en el desierto.

Nos tiramos rodando por las grandes dunas y dejamos que la arena se colara en nuestros calcetines y nuestros bolsillos. Reímos a carcajadas que se escucharon en la cercana frontera de Argelia.

Compartimos chuches con los niños que jugaban en los puestos del mercado y nuestro pirata les regaló sus pinturas y cuadernos. Jugaron con los móviles sin entenderse con palabras.

Se nos encendió la rabia cuando vimos botellas de plástico tiradas entre las escasas plantas del desierto. Y se nos erizó la piel cuando entendimos la importancia del Oasis Sagrado en la vida del pueblo nómada bereber.

Nos despedimos de Tagounite visitando de la mano de un niño la Kasbah. Jugamos más y más en las dunas de Abwawar.

Con lágrimas verdaderas nos despedimos de este Marruecos verdadero, de su gente, sentimos tremenda gratitud por lo vivido y pusimos rumbo de regreso a Marrakech para despedirnos cenando unos dulces marroquíes en una calle comercial que se nos antojó vacía de vida real aunque estaba repleta de gentes.

Nos enamoramos de este país y nos dejamos cambiar por él.

FELIZ VIAJE A ENAMORARTE DE CADA LUGAR QUE PISAS.

(No se me da bien contar como y de qué manera hicimos todo esto. Para eso hay gente maravillosa que lo sabe hacer genial en sus blogs y sus redes. Pero te invito con todo mi cariño a pasar a mi salón y preguntarme lo que necesites. )

Ficha de viaje: MARRUECOS

Para nosotros en este viaje, como en todos los que salimos de España es imprescindible la Guía de Lonely Planet

https://www.lonelyplanet.es/africa/marruecos

Pero si alguien fue clave en este viaje son:

https://www.saharasalvaje.com/

Pasear por la Medina de Marrakech antes y después de haber visitado el interior de Marruecos.

Visitar las grandes dunas de Erg Chegaga.

Viajar a Marruecos es hacer un salto en el tiempo.

Abrir la puerta a África para luego querer recorrerla entera.

Vivir en primera persona geografía única como el Atlas y el desierto del Sahara.

Conocer diferentes modelos constructivos y modelos de vida donde la agricultura y la ganadería se convierten en protagonistas.

Entender que existen muchas religiones y la afectación cultural que producen.

Ver dromedarios en libertad.

Disfrutar de otra cultura, gastronomía y folclore.

Asumir que la realidad es la suma de las realidades de este mundo.

Y por supuesto, comerse unos cuantos tajines.

"Soy lo que me dijeron que no pensara, que no dijera, no soñara, no me atreviera, soy lo que me dijeron que no fuera."
3conlasmaletasacuestas-JOUMANA HADDAD
Joumana Haddad
Poeta