PIERO Y MARCO

PIERO Y MARCO

Piero y Marco habían sido amigos desde que nacieron, dos portales y una floristería separaba una puerta de la otra.

Cuando el 20 de junio de 1940 junto con 8600 hombres más se dirigieron a la Batalla de los Alpes no intuían que su futuro iba a quedar aún más unido para siempre.

Los días en el frente de guerra eran de una rutina tan automática que hasta la muerte, la sangre y el olor a pólvora se convertían en parte de la necesidad de saber que estaban vivos.

Un día, como cualquier otro día, Piero y Marco paseaban intentando ver algo de verde entre los sacos terreros que cada día se convertían en la ciudad donde vivían. Piero, gracias a sus pocos estudios de medicina, se había convertido en sargento mientras Marco, que siempre había ayudado a sus padres en la panadería, seguía siendo un soldado raso. Sin embargo entre ellos, a pesar de tratarse ahora de usted, seguía existiendo un hilo fino de conexión que les hacía entenderse apenas con mirarse.

De repente, un ruido sordo. Marco cayó al suelo, herido por una bala de un pequeño grupo de franceses que intentaban aguantar como podían entre Francia e Italia.

Piero, rápido, disparó y tiro al aire. Sin pensarlo cargó a Marco hasta la primera trinchera apenas a unos metros de distancia mientras algunas balas cruzaban cercanas a su piel.

Las siguientes horas se sucedían rápidas. Piero intentaba recordar sus conocimientos de medicina. Se culpaba por los días que cambió sus clases por pasear con la floristera. Se golpeaba las manos para que no le temblaran. O para intentar sentir el mismo dolor que sentía Marco.

Marco encadenaba gritos de dolor, con horas de sueño inquieto y cuando el ron que bebía le hacía efecto le contaba a Piero los viejos chistes que sabía.

Piero puso barro en las heridas a sabiendas que podrían infectarse pero no sabía cómo cauterizarlas de otra manera. Cuando el agua asignada a cada soldado se acababa le daba agua sucia mezclada con ron confiando en que el alcoholo matara todo bicho viviente de aquel agua encharcada.

Pasaba las horas mirando a su amigo pensando que hacer y si estaba haciendo todo lo que podía. Culpable por aquel paseo buscando el olor de algún pino pero no culpable por el resto de paseos que les habían mantenido con ilusión el resto de días.

Le leía libros aunque estuviera dormido. Y lloraba cuando su amigo se despertaba y le gritaba que hiciera algo de una PUTA vez que aquel dolor le mataba.

Piero recorría las trincheras cada vez que podía buscando un cacho de tela aquí y un cordón allá para confeccionar una litera articulada que le permitiera mover a su amigo y limpiarle sus necesidades.

Varias veces le abrió la herida al girarle y terminó por usar un cable vacío de cobre para una transfusión inventada sin saber que pasaría.

Unas semanas más tarde evacuaron a Marco, voló lejos. En mitad de la guerra la mayoría de veces no se sabía donde terminaría cada persona.

Han pasado muchos años, Piero y Marco viven a unas manzanas de distancia pero ellos no lo saben. No usan Facebook ni nada que se le parezca.

Piero no ha dejado ni un solo día de pensar en Marco. De pensar si hizo todo lo que pudo y qué pasó.

Un sentimiento de culpa constante le persigue cada día mientras pasa consulta de cirugía. Sus nuevos aparatos. Su nuevo ordenador. Ese teléfono infernal que ahora te conecta con todas partes. Sus 933 pacientes de experiencias. Si hubiera tenido una sola cosa de todas esas. Solo una.

Marco tampoco ha dejado de pensar en Piero. Le salvó la vida. Es verdad que arrastra una leve cojera. Tan leve que apenas nadie lo sabe. Se le acentúa cuando está nervioso. Y le importa entre poco y nada que se le note cuando juega con sus nietos.

Marco hoy cojea. Es la boda de su hija y volverán a la iglesia del barrio de sus padres. Una loca idea de estos jovenes de invitar a no sé quién.

Sonríe. Paparruchas.

Imposible se repite mientras trata de disimular de nuevo su cojera y camina llorando.

A la entrada alguien también llora.

¿Y tú mamá? ¿Crees que Piero lo hizo mal?

Marco y Piero no son nombres cualquiera.

Piero significa piedra, roca dura. Marco es martillo.

Tú eres mi Piero y yo soy tu Marco. Tú, mi piedra sobre la que me he construido. Yo el martillo que sin querer te ha golpeado muchas veces.

has recorrido todas las trincheras de mi vida buscando un poco de aquí y otro poco de allá. Yo he cincelado muchas de tus heridas.

Piero hizo lo que pudo, como pudo, donde pudo y de la mejor manera que supo. Marco es un hombre que ha vivido entendiendo su cojera.

Tú y yo tendremos heridas de vida, tendremos a nuestras niñas interiores con tiritas de colores que luciremos orgullosas porque hemos llegado juntas hasta aquí.

Hoy me gustaría que trajeras a tu Piero junto al mio y que busquemos en las trincheras del ahora lo mejor para nuestro Marco.

Te espero aquí mamá, en el presente de Juan, del pirata, en el que hay trincheras que tú no conociste para recorrerlas juntas.

Esta vez yo te doy la mano.

Te quiere ahora y siempre, tu niña, tu martillo que hoy es roca.

Qué maravilloso es que nadie tenga que esperar un momento antes de empezar a mejorar el mundo.
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Annelies Marie Frank
Autora del Diario de Ana Frank