SI LO DICES, TE CUENTO UN SECRETO

SI LO DICES, TE CUENTO UN SECRETO

(AVISO: Hoy el post es largo y denso pero es de lo más bonito que he hecho en este blog, ;-))

No, no me he equivocado en el título.

Quiero que lo cuentes. Ojalá que lo viralices, que te apropies del texto. Me da igual. Solo quiero que se sepa.

Es la segunda vez que la neurociencia me habla de los beneficios de los viajes. Ya te conté una vez que viajar tiene todos los ingredientes para aprender. Puedes leerlo aquí, hasta hablé de orgasmos, no te digo más.

Pues bien, ahora la buena mujer “neurociencia” nos ha soltado cual jarro de agua fría (varios libros mediante y unas cuantas horas de estudio) que viajar es un elemento brutal para acompañar la adolescencia. ¿Cómo te quedas?

Pues así estamos nosotros. Bailando en la cocina. Que estábamos a punto de comprarnos un pijama mono de esos de ir a recoger a los chavales cuando salen de fiesta y vamos a ir a por una maleta nueva, y no, no es para salir huyendo de la adolescencia. Es para ir metiendo en la maleta todo lo que nos sea útil de viajar y hacer un bonito “todo incluido” para acompañar esta etapa.

Pero Cris, ¿no te estarás anticipando un poco? Que aún te queda tiempo… si Juan solo tiene 8 años… Bueno, 8 años para 9, que ya sé que suena mucho a frase de frutería. Pero en realidad es que nosotros somos de esos de reservar con tiempo los viajes. Así los vivimos tres veces ( o más) cuando los preparamos, al realizarlos y cuando les recordamos.

Por eso cada etapa de Juan, y por tanto de la familia, la vivimos igual, la preparamos, la disfrutamos y aprendemos de ella. Y vemos las fotos luego, eso también, que nos gusta una foto más que a un mono un plátano.  

Fuera bromas. Tuvimos claro desde siempre que experimentar el mundo era una manera prodigiosa de aprender. El tiempo nos ha ido demostrando que es más brutal de lo que imaginábamos.

Lo que no intuíamos (ni imaginábamos por lo más remoto) es que en la adolescencia viajar puede ser una herramienta maravillosa para acompañar esta etapa.

No tenemos certeza de que funcione, aún no lo hemos probado, pero pinta bien, MUY BIEN. Hay evidencia científica, y ya sabéis, eso es como un orgasmo para una licenciada en física.

¿Y de dónde hemos sacado esta loca idea? De estudiar. Así de simple. Hemos estudiado cómo funciona el cerebro adolescente, sus cambios, sus necesidades. Hemos resumido. Mucho. Mogollón. Hemos sacado conclusiones. Contrastado. Vuelto a estudiar. Y así una y otra vez. No te puedo decir que me creas, solo que lo contrastes científicamente.

Hay un aspecto clave en la adolescencia en el que coinciden todos los expertos: la dopamina. ¿Y eso que es? Pues, resumiendo mucho (pero mucho) podemos simplificarlo diciendo que es un neurotransmisor del cerebro. Los neurotransmisores permiten que las conexiones entre neuronas hagan “cosas” en el funcionamiento de nuestro organismo: aprender, recordar, imaginar, sentir…

Durante la adolescencia la dopamina se genera en cantidades más elevadas de lo normal, especialmente en una zona del cerebro llamada núcleo accumbens. Que da igual que no sepas dónde está y se te olvide el nombre solo quédate con que forma parte del sistema límbico, el relacionado con las emociones.

¿Y para qué te cuento todo esto? Por la misma razón que cuando entras en un blog de viajes quieres saber donde aparcar para disfrutar de la mejor vista de la Alhambra al atardecer. Hay que situarse.

Y al igual que tú quieres aparcar gratis y cerca buscando “el truco de los trucos de los blogguers” la dopamina en nuestras criaturas adolescentes quiere ir por el camino más rápido usando los caminos de gratificación.

Es decir, coge la ruta rápida, la que va hasta la amígdala sin pasar por la corteza pre-frontal. Esta corteza, entre otras miles de cosas, es como un filtro que nos hace reflexionar y tomar consciencia de nuestras acciones.

No es que nuestras criaturas adolescentes no piensen que si saltan del acantilado se van a pegar un tortazo es que antes de pensarlo ya les ha dicho la “dopamina” ¡dale, salta! que la vas a flipar y la reflexión del tortazo se queda por ahí…no ha pasado por ese filtro de la corteza. Una broma que nos ha gastado la naturaleza humana.

Es decir, que por mucho que yo te diga que mejor aparques a las afueras y te des un paseo hasta la Plaza del Obradoiro como venga un blogger y te diga cómo aparcar cerca o conseguir la mejor vista allá que vamos. Somos así, nos mata el ansia.

Pues a los adolescentes mucho más, ¡qué digo! el infinito más. Son “chupópter@s de dopamina”.

Esto mismo les lleva a ser “alocad@s” (cuidado con usar la palabra irresponsabilidad, no les carguemos de culpas anticipadas).

¿Y qué pinta viajar en todo esto? Pues, señoras y señores, lo digo de nuevo, VIAJAR TIENE TODOS LOS INGREDIENTES para UN CHUTE DE DOPAMINA BRUTAL pero no solo, además permite hacer crecer las fibras altas del cerebro que nos permitirán crear un ESPACIO MENTAL QUE NOS PERMITA TOMAR DECISIONES Y ACCIONES CONTROLADAS.

Y eso queremos ¿no? Una adolescencia intensa y vital y además integrada.

(No hablaremos hoy de problemas y peligros, dejemos atrás creencias, seamos acompañantes de las personas del futuro que tenemos a nuestro lado).

La dopamina se consigue activando nuestras ilusiones, nuestras necesidades, y nos genera la intensidad para “alcanzar” rápido aquello que nos mola. Si nos mola alguien de 4º de la ESO nos cruzamos andando Barcelona para ver si sale 23 segundos del portal.

Pero para “aprovecharnos” de todo este potencial “dopamínico” y conjugarlo con lo que el cerebro adolescente necesita como ingredientes para su desarrollo probablemente deberemos de aprender a viajar de otra manera en familia. Y digo viajar en el sentido más amplio de la palabra. 

¿Qué tal si son nuestras criaturas adolescentes los “jefes” del viaje? ¿Les dejamos ser nuestros guías? ¿Les damos el protagonismo que merecen? ¿Y si nos llevamos de fin de semana a su persona favorita? ¿Qué tal regalarles un viaje solos?

Viajar es creatividad. El cerebro se flipa cuando ve algo nuevo y suelta dopamina como que no hubiera un mañana. Y nuestras criaturas adolescentes están deseando explorar, sentir cosas nuevas, sociabilizar. Crear y crearse en definitiva. ¿Conocer otras culturas? ¿Un voluntariado en un campo de trabajo? ¿Gentes diversas en un albergue?

Nuestras criaturas adolescentes necesitan encontrarse a sí mismas, hacer una labor de introspección, crear su identidad. Las teorías hablan de la importancia de meditar. Le hemos dado vueltas. ¿Dónde meditar sin cobertura? ¿Un vuelo largo en avión? ¿Un recorrido en tren? ¿Una ruta andando? Son más reflexivos de lo que creemos, pero necesitan que les ofrezcamos un espacio seguro y sin juicio.

El ejercicio se posiciona siempre como el elemento principal para la generación de dopamina.

Viajar es movimiento, es cansancio agradecido, es querer ver algo más antes de volver al hotel. ¿Escalada? ¿Un kayak? ¿Snorkel? ¿Rutas en bici?

“L@s adolescentes se aburren enseguida”. Ni sé las veces que he oído esta frase. No es cierta. Se aburren porque necesitan experimentar para poder integrar su cerebro. Necesitan que la poda sináptica borre lo que les sobra y crezcan las fibras que integran su corteza pre-frontal.

O dicho en lenguaje familiar. Necesitan cocerse para madurar. Y es un guiso lento. Un guiso que bulle y hierve y, además, quema si te acercas sin cuidado y mimo.

Necesitaremos paciencia, tiempo y espacio. ¿Se te ocurre algo mejor que un viaje para conjugar todo esto? Paciencia para llegar, tiempo para disfrutar, espacio para descubrir.

Viajar es siempre novedad. No hay dos viajes iguales ni yendo a tu pueblo cada sábado. Vamos a darles el permiso de aburrirse yendo y viniendo. Quizá nos sorprendamos con una conversación reflexiva en el coche sobre “sexo, drogas y rock and roll”. No se me ocurre mejor momento para acompañar esa integración cerebral que están viviendo.

Viajar es ganar en independencia. Tomar decisiones. Enfrentarse a problemas. Retrasos de vuelos. Pérdidas de equipaje. Elegir que ver y que no. Quizá separarse un rato. Tú a la calle de tiendas y nosotros al museo. Respetar sus intereses. Nos vemos en un restaurante para cenar juntos. Libertad. Sentirse poderos@ caminando por una calle donde nadie habla tu idioma. La independencia en la toma de decisiones mejora los circuitos cerebrales de integración y nos mejoran la auto-estima, ambos elementos fundamentales para el desarrollo en la adolescencia.

Viajar es aprender. No hay libros, ni exámenes. Hay aprendizaje libre, puro. Muchas veces surge un interés que no imaginabas. Pasear por Bristol y ver un graffiti de Banksy puede cambiar la mirada adolescente y pasar de “manchar paredes” a querer exponer en el único museo del mundo dedicado al graffiti en Miami. Ver ballenas en Islandia puede generarles una necesidad de aprender como eliminar el plástico de los mares. Entrar en el campo de concentración de Austwitch puede invitarles a estudiar derecho. Conocer el Museo Porsche puede suponer un punto de inflexión para querer tener un taller mecánico de alta gama. Visitar el parque floral de Keukenhof puede hacer saltar la chispa del emprendimiento y abrir una floristería.

Viajar es muchas cosas y podría escribir un libro con todo lo que hemos aprendido pero sé que tu atención es limitada y no quiero robarte más tiempo.

Déjame un último apunte, viajar es buscar una banda sonora a cada viaje y la música… la música, ya lo sabes a estas alturas, es dopamina. ¿Quién no guarda una canción que le hace vibrar?

Como digo siempre, me reitero, evidencia científica, neuroeducación sigues con nosotros en la maleta. #ADOLESCENCIAVIAJERA lo llamaremos a partir de ahora.

¿Y si os equivocáis? Viajaremos para arreglarlo. Porque la neurociencia también nos ha contado que viajar es reparador para el error. Eso otro día, quizá.

FELIZ VIAJE A LA ADOLESCENCIA

(El fotón de entrada, que es toda una declaración de intenciones de NUESTRO VIAJE, es de Eva Gascón. Gracias AMIGA)

"A medida que los padres adquieren mayor conciencia y son cada vez más sanos emocionalmente, sus hijos cosechan los frutos y también ellos avanzan hacia la salud. Eso significa que integrar y cultivar tu propio cerebro es uno de los regalos más afectuosos y generosos que puedes ofrecer a tus hijos."
3conlasmaletasacuestas-SIEGEL
Daniel J. Siegel.
Psiquiatra